Era septiembre, y él acababa de cumplir, no hacía ni una semana, diecisiete años. Estaba pasando, como todos los años, la segunda semana de septiembre en el pueblo de su padre, que estaba de fiesta. Las fiestas de los pueblos castellanos no son como las nuestras. Allí lo importante se hace de día: la procesión del Cristo, la de la Virgen, la subasta de las andas, la almoneda con todo tipo de cosas para subastar, desde gallinas, morcillas y quesos a estatuillas de un anciano chino dándole de comer a un pajarito, la banda de música venida desde Tomelloso recorriendo las calles a todas horas, tocando desde la diana floreada hasta el acompañamiento de las procesiones, los encierros de vaquillas y las corridas en la plaza improvisada con remolques, y por la noche, el Baile. Pero no es como aquí. Los bailes, por allí son en una nave o salón cerrado en donde una orquesta de música moderna, con sus correspondientes “animadoras”, se empeña en machacar los éxitos del año en español y algo parecido al inglés y sobre todo, ante las peticiones del respetable, se anima con pasodobles, charangas sempiternas y mucha canción del verano.
Con todo, ese año, no se divertía demasiado. Se sentía mal por culpa de una extraña sensación con respecto a su vida, que le rondaba desde que acabó el instituto, e incluso desde un año antes. Se sentía mayor, porque en unos días comenzaba en la Universidad, pero se sentía también como un niño estúpido, imberbe e inexperto en las cosas importantes para toda la gente de su edad. Vamos, que nunca había besado a una chica, ni había bailado un auténtico lento, rozándose con aquel calor que presentía y le habían contado, pero que no conocía, ni por supuesto había llegado a... nada, vamos. Sí, cierto que en el pueblo se lo pasaba muy bien con sus primos y primas, pero era como un juego. En realidad, aún no le había pasado nada que le hiciera sentir que era un hombre y eso le tenía nervioso y le hacía pensar que si se muriese ahora, se iba a perder lo mejor de la vida, lo cual le angustiaba y le hacía ir por todas partes pensativo y como ido, aunque la gente pensaba que eso era de ser un chico tan inteligente. Lo que él quería era tener una novia, como sus primos, que con quince años ya se iban a lo oscuro y sabían besar como en las películas. La verdad es que hacía un tiempo que había descubierto que no besaban, sino que mordían y rechupeteaban con la lengua, como si fuese el último día de sus vidas y aquello fuese lo último que iban a hacer antes de expirar. Sí, ciertamente, eran un tanto bestias, pero a él, entonces, le parecían unos tíos legales.
(Continuará)
martes 9 de marzo de 2010
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